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Las “portás”, que aparecen en la lámina, han sido modernizadas como casi todo el pueblo. Quedan por ahí algunos retazos como vestigios de un pueblo viejo, que se ha remozado por los inventos de la técnica y de las modas. Estas “portás” esconden la antigua panera de los Frailes, donde guardaban los granos tras la recolección y, actualmente, Juanín el fontanero la usa para aparcar sus vehículos y proteger la herramienta de trabajo. Las “portás” dan vista al cantón. A esta plazoleta confluyen las calles de la Leche, Retuerta y la cruza, encorvada, la calle “El Pez” en su circular hasta el regato de Lucio el Panadero. De pequeños, los del barrio compartíamos nuestras “picias” y correrías entre el Cantón y las Cuatro Esquinas, pero éramos más adeptos a las Cuatro Esquinas porque eran más pasajeras. Por estas vivencias infantiles, guardamos buenos recuerdos del Cantón y de sus vecinos. No tenía la figura que tiene hoy; la parte que ocupa la panera de los Morenitos era un rincón, que albergaba las viviendas del tío Canín, de Lucrecia la Silletera y Santiago el Méndez, que, además, de casa le servía de taller de reparación de calzado; los Morenitos poseían una panera lindera con la casa de Canín, y, una vez deshabitadas estas casas, se quedaron con ellas y ampliaron, considerablemente, su antiguo recinto. Recuerdo, asimismo, que, en medio del Cantón, había un pilón, construido de ladrillo y cemento, que se usó de abrevadero de caballerías y de retozo para los muchachos; recogía el agua desperdiciá de la fuente de la plazuela de la calle Oriente a la sombra de unas acacias. Yo la llamaba la fuente de la “paciencia”, porque se tiraba las horas muertas para llenar un cántaro. Siempre que pasaba por allí, la encontraba rodeada de los mismos recipientes en posición de espera. Enmarcaban el Cantón, además, de las casas citadas, el corralón de Gabriel Coñita, la casa de los Ralines, la panera de los Frailes, la casa de Antonio Esquiliche y la cuadra de los Bichos, donde Alfonso Valeriano guardaba la mula, y que, posteriormente, fue el aposento de un sinfín de peñas fiesteras.. Se trata de un rincón tranquilo y de tertulia. En verano, les gusta a los vecinos tomar el fresco sentados en la acera de la Regina y los más viejos, en una silla de espadaña; pero hace más de cincuenta años, las mujeres, después de fregar los cacharros y de pasar el estropajo por encima de los carrillos de la lumbre, tenían, de buen uso, pasar la tarde a la solana de la fachada de Antonio el Esquiliche; e improvisaban una mampara con un varal y una manta y, a su “abrigá”, armaban la tertulia mientras cosían los rotos del pantalón, remendaban una camisa o hacían media entre miles de suspiros, chistes y chascarrillos. Se me pasaba, pues uno lo da por sabido, y no es así; un poco más arriba, hablo de los carrillos de la lumbre, y, seguro que no conoces a qué llamaban nuestras abuelas los carrillos de la lumbre. En el frontal de la lumbre baja, había una columna ennegrecida por la salida del humo hacia la chimenea, pues bien, la zona que figuraba a ambos lados de esa columna tiznada, se le llamaba los carrillos. Tengo que confesar que yo no tenía ni idea del asunto, pero me veo obligado a contártelo. Hecho este pequeño paréntesis, continuamos con el relato. Los muchachos estábamos a otra cosa: jugábamos a los montones, a los cuadrines, al carrete…, y las muchachas, al corro, a las mecas y a los alfileres. Son rincones que han marcado una etapa de nuestras vidas y de muchas generaciones.

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