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Esta casona de ladrillo, ubicada en la calle del Cardenal Cuesta número 5,(antes Beneficio) fue la sede del casino de Macotera en una época en que Macotera era un pueblo de gran actividad y dinamismo, como se percibía en todos los sectores que integraban la comunidad macoterana. Actualmente, el casino está cerrado. Para mí es una mala noticia.

Tengo en mi poder un ejemplar del reglamento del casino de Macotera. En su portada reza: “ Reglamento de la Sociedad “Casino de Macotera”. Año 1942.” Y, en su interior, aparece el recibo del socio 110, Manuel Izquierdo Sánchez, de julio de 1957, firmado por don Jerónimo Marcos Marcos, secretario, en el que podemos leer la cuota mensual de 10 pesetas.

En el capítulo primero, se recogen los objetivos de la Sociedad: “ proporcionar a sus socios la distracción y honesto esparcimiento permitidos por la moral cristiana; una biblioteca compuesta por los libros, revistas, etc. con preferencia de aquellos que, por sus materias, tiendan a elevar el espíritu patriótico; la instalación de un servicio de café – bar, donde los socios podrán hacer las consumiciones que deseen, siempre que sean las propias de esta clase de establecimiento, no pudiéndose celebrar meriendas ni comidas dentro del local. Podrán ser socios del casino todos los vecinos o domiciliados en Macotera, que soliciten del presidente el ingreso mediante petición escrita, debiendo acreditar, para ser admitido, las condiciones mínimas siguientes:

a) ser mayor de 20 años. b) ser persona de buena conducta y sanas y cristianas costumbres c) ser adicto en todo al Movimiento Nacional.

La Junta Directiva apreciará estas condiciones en su justo mérito y denegará el ingreso a todo solicitante, que no reúna las condiciones indicadas. Por exigencias del local, no podrán exceder los socios de 65, aumentándose este número, únicamente, en el caso de que se trate de admitir a funcionarios que ganen vecindad en esta villa”.

Sin ninguna duda, el casino cumplió con creces sus objetivos constituyentes. La partida era la actividad más celebrada y, al lado se echaba el tablero de ajedrez, se leía la prensa y se armaba la tertulia. Como en todas las cosas, en los inicios, se arrancó con mucha ilusión y los proyectos, que emergieron, fueron ambiciosos: se organizaban bailes de sociedad en Navidad y en los Carnavales; se impartían ciclos de conferencias; se traía algún espectáculo y la biblioteca aumentaba sus estanterías con la presencia de autores clásicos… Plena ebullición. Todo el mundo quería ser del casino o entrar en el casino a tomar una copa de la mano de algún socio, pero las limitaciones del espacio no daba más de sí, y surgieron algunas polémicas, pero se intentaba salir del conflicto con gestos de comprensión y tolerancia: “la mano derecha siempre acudió a la mano izquierda para que le sacara de apuros”. Llegó la televisión y la actividad cultural se paralizó bastante; aquélla se convirtió en la protagonista de la velada; fue la partida la que se mantuvo viva, incluso, se incrementó la afición a las cartas con la organización de algunos campeonatos de mus y tute.

Nos hubiese gustada haber hecho mención de las personas que llevaron la dirección de la Sociedad, pero resulta un poco difícil, pues desconocemos el paradero de la documentación administrativa del casino; en cambio, sí recuerdo algunos nombres: Ramiro Hernández Barriles, Paco Bautista Abuelito, Paulino Cuesta Frailón, Benjamín Madrid Corto, José Manuel Hernández Hornero…

Los Pericaños fueron los encargados de llevar el café, circunstancia lógica, ya que eran los dueños del local. Lo dejaron con el tiempo y se hizo cargo del mismo la familia de Roque Bolero y concluyó el ciclo Emiliano Pondera, quien trabajó tras el mostrador veinte años. Los cuatro socios, que quedaron, consideraron, no viable, seguir con la sociedad y la dieron por finiquitada.

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