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Se pueden contar con los dedos de una mano las casas de Macotera protegidas por soportales, a excepción de las casas de la plaza Mayor. En la mente guardo las imágenes de la casa del señor Valeriano y otras dos en el rincón del Redondillo. Las dos viviendas sombreadas por el soportal eran propiedad de Antonio Zaballos Bueno Perucho y Rafaela Jiménez Salinero Bizcocha, y de Juan Blázquez el Monjo y María García Blázquez. A su vera, se colocaba la casa de Cándida la Ralina y cerraba el ángulo la vivienda de Jerónimo Bueno Blázquez, Maruso.

Antonio Perucho era criado de servicio, muy buena persona, trabajador, padre de Gabriela, Francisca y Rosa; aún viven llenas de salud sus dos últimas hijas.

Juan el Monjo se dedicaba a la compra de pieles, de cuatro arrobas de lana y del esquileo del ovino. Su mujer empleaba el día cardando e hilando al torno ovillos de lana, que, después vendía a los tejedores de costales y mantas muleras.

Cándida la Ralina se casó, en primeras nupcias, con Pedro el Chato Pedro también vivía de la lana. Tenía la panera enfrente del tío Quintos, y su casa era la de Clara. Quebró su negocio y se vio en trance de marcharse a las Américas, donde falleció. Dejó dos hijos, María y Petra.

Cándida tuvo que trabajar de lo lindo: sirvió en casa de don Ángel, el cura. Cándida contrajo matrimonio, de nuevo, con Joaquín, viudo y padre de tres hijos: Rafael (murió en la guerra), Rufo y Quintín; de la pareja, nació Joaquín. Viuda, para sobrevivir, se empleó en la lana. Sacó adelante a Joaquín y a Quintín, que, mozalbete, trabajó de camarero en casa de la Conce; harta de tanto trabajo y sacrificio, emigró a Venezuela, donde residía su hija María. La casa de Cándida tenía un pozo en el portal, cubierto con una tapadera de madera. Un día negro, se movió la tapadera y cayó en él una niña, Gabriela, de cinco años. Llevaba una pandereta en la mano y, cuando la sacaron, seguía amarrada por los dedos.

Jerónimo Maruso, lanero de profesión, quien trabajó la basta para colchones junto con sus hijos. Tenían la panera en la plaza de la Leña, lindera con el Encañao. Jerónimo vivía en una casa baja y de adobe, y en 1921, levantó la casa actual de ladrillos. Trabajaron en ella, como albañil, Braulio, el abuelo de Juan Antonio y Laureano. Cierran el rincón, lateralmente, las viviendas de Francisco Ñurris y de Jesús el Pacho por un lado; y, por el otro, las casas del tío Belloto y Ramón, el de Virgilio.

Recuerdan las vecinas los grandes ratos de tertulia de la tarde, cuando, después de fregar, se reunían a coser debajo del soportal, y, ya de tarde, se bajaban a compartir la palabra a la puerta de la tía Bellota; las noches de invierno, a la luz del candil, preparaban baile al son del almirez, la badila y la llave, y a jugar a las tenacillas. Yo nunca supe de este juego: amarraban los muslos con las dos manos, en posición de sentado, y se desplazaban dando saltos a ver quien pisaba la raya el primero.

Enfrente del rincón y pasando el regato, se hallaba la casa y el huerto del tío Pitillo. La casa de Gonzalo, así se llamaba este hombre pequeño, delgadito, poca cosa, (de ahí el mote de Pitillo), estaba ubicada por bajo de la casa de los Trinques, y el huerto comprendía las casas de los Bedijas, del Mudo y Serafín, que, posteriormente, adquirieron éstos para construir sus viviendas. Doña Catalina Sendino, madre del tío Pitillo, fue maestra de niñas en Macotera. Era de San Felices de los Gallegos. Vino de soltera y se casó aquí con Juan Manuel Sánchez Campos, que fue juez de paz, cargo que desempeñó posteriormente su hijo Gonzalo (Pitillo), en sustitución de Antonio Madrid Jiménez (año 1927). Fue su madrina de bautismo doña Teresa Arroyo Rodríguez, maestra de Santiago de la Puebla y natural de Hoyos (Cáceres). Fueron hermanos de Gonzalo: Fe Elicia, José Rafael, Antonino, Ramón Pío, Esperanza Fernando y Esperanza Segunda.

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